Acabo de renacer en la Casa de Campo. Mi madre y Mik me acompañan. Mi meta en estos momentos se me presenta clara: encontrar el colegio de mi infancia. ¿Por qué? Cuando tienes un objetivo tan claro no sueles hacerte esas preguntas.Delante nuestro tenemos tres caminos. El que está situado a la izquierda parece el más salvaje y descuidado, no tiene desniveles y es el que está más cerca de los árboles. El que está situado en el centro tiene un poco de cuesta, parece bastante transitado y no parece tan directo como el primero. Y el tercer camino, situado a la derecha, tiene una empinada cuesta desde el principio. Se decide probar suerte con el camino central y comenzamos la marcha los tres. Unos minutos más tarde llegamos al final del camino. Alguien decidió que debía terminar precisamente ahí, es decir, en ningún lugar en concreto y aparentemente nadie le dijo que no. Nos damos la vuelta y de regreso nos cruzamos con algunos coches. Son los típicos coches que aparecen y desaparecen en puntos concretos y que no acaban de parecer totalmente sólidos.
Ya de nuevo en el cruce, a Mik se le mete en la cabeza ir por el camino de la derecha, el más empinado. Yo tengo la sensación de que el camino correcto es el de la izquierda pero no digo nada. A medida que vamos subiendo el suelo se vuelve arenoso. Nuestros pies se hunden y cuesta mucho andar. Mi madre se quedá atrás mientras Mik y yo seguimos hacia adelante para no llegar tarde. No podíamos llegar tarde. Al cabo de un rato alcanzamos la parte superior de la colina hasta arriba de polvo y agotados. Ante nosotros se extiende una explanada repleta de árboles de gran altura y frescas sombras. El camino discurre ahora sinuoso y con bifurcaciones. Tomamos la primera de las bifurcaciones y llegamos a una plaza vacía, cerca del borde de la colina y sin árboles cerca. El paisaje está repleto de amarillos y grises pintados de blanco en esa zona. La sensación es de nuevo de abandono, pero esta vez no por descuido sino por el paso del tiempo. Volvemos al camino por donde avanzamos hasta llegar a la siguiente bifurcación que parece haber sido clausurada. No se puede acceder dentro pero sí se puede ver claramente que no hay nada en el interior de la plaza. Volvemos al camino y llegamos a una tercera bifurcación. Ésta lleva a una plaza llena de militares vestidos con uniformes verdes y blancos. Altos árboles bordean tanto la plaza como el camino que se extiende en el lado opuesto de la misma. Tratamos de adoptar una actitud inofensiva y pasamos por el centro de la plaza. Estamos hasta arriba de arena y sucios pero no vamos a cambiar nuestra ruta por parecer sospechosos. Nadie nos mira con desconfianza. Sabemos que aparentando ser inofensivos nadie nos molestará aunque llevásemos ropas de presos. Nos fijamos en un militar bastante mayor en edad y con muchas medallas de pie al lado del camino por el que vamos a pasar así que extremamos nuestros intentos de parecer inofensivos. El militar está riendo mientras habla con otras personas. Mik y yo pasamos a su lado sin detenernos y sin que nadie nos detenga. A medida que nos alejamos del lugar las voces y el ruido se amortiguan por el canto de pájaros y por el viento.
Al poco de abandonar la plaza nos damos cuenta de que andamos pero no avanzamos y de que por el camino actual no vamos a llegar a ningún sitio así que le sugiero a Mik que tomemos el tercer camino, el que parecía más salvaje y solitario. Todo el rato hemos estado caminando al lado del borde de la colina así que estando los dos de acuerdo con este cambio de rumbo echamos a correr colina abajo entre árboles y con un suelo más consistente que el de la explanada. A lo largo de nuestro precipitado descenso vemos algunas personas sacadas de la época cortesana de hace más de 2 siglos sentados tranquilamente bajo sombrillas y árboles. Las mujeres con amplios trajes blanco llenos de detalles y muy probablemente incómodos y los hombres con ropa poco distintiva. También nos cruzamos con mi madre que iba en sentido opuesto para encontrarse con nosotros. Le ponemos al día de la situación y luego seguimos corriendo hacia abajo y hacia atrás.
Ya casi al final de la colina nos detenemos; hay un autobús parado y varios niños haciendo algo que es normal que hagan los niños cerca de un autobús pero que me resulta imposible de precisar. Les preguntamos si saben cómo llegar a nuestro colegio ya que una de ellos iba con el uniforme de nuestro antiguo colegio. Pero no tienen ni idea, balbucean y miran desorientados, no saben hacer nada más. Mala suerte. Reemprendemos nuestro camino pero ahora andando aunque tememos que se nos haga demasiado tarde.
A lo lejos aparece el tercer camino. Mi mente me dice que ha cambiado ligeramente desde la última vez que estuvimos aquí pero la lógica no tiene el peso habitual en estas situaciones. El camino está muy descuidado, repleto de hierbas y matorrales. Acusa abandono por todos lados. Sin embargo, a medida que avanzamos por él van apareciendo senderos alternativos a su alrededor. Comienzan de repente y ninguno termina, no terminan al menos por donde nosotros estamos. Junto a estas nuevas rutas alternativas también aparecen personas y vehículos.
Todos los senderos y caminillos están entrelazados y apenas separados unos de otros. Ya no se puede hablar de un camino central. Vamos cambiando de uno a otro para intentar seguir una dirección determinada y no empezar a dar vueltas. Al rato nos metemos en uno que se separa de los demás durante un trecho y nos permite distinguir al fondo una hilera de chalets que enseguida nos resultan familiares. ¡Nos animamos! Si los chalets quedaban bastante a la derecha del colegio deberíamos tomar un camino que vaya hacia la izquierda así que volvemos hacia atrás y tomamos otra dirección siguiendo nuestra rudimentaria lógica. Poco después llegamos a una pronunciada pendiente. Algunos metros por delante nuestro se extiende un amplio valle y más allá vemos lo que resulta ser.. ¡un hermoso y brillante mar!. ¡¡Mar!! ¡Antes no había un mar aquí; estamos en el centro de España! Al lado de la costa hay un gran castillo blanco que parece estar sacado del Mario64. Por aquí no vamos a poder llegar al colegio. Esperando que quien quiera que haya puesto ahí el mar no haya puesto también toneladas de agua sobre nuestro destino volvemos sobre nuestros pasos y tomamos un nuevo camino entre éste último y aquel que nos llevó a los chalets.
Continuamos nuestro viaje a través de prados y mucho verde hasta llegar a una nueva pendiente. Esta vez también hay un castillo a lo lejos, pero no es blanco sino morado y se observa mucho movimiento en su interior. Al fondo, tras el castillo, no hay agua, hay más campo. ¡Es una buena señal! Nos acercamos al castillo y vemos dentro de él multitud de niños y niñas de unos 10 años jugando a pillar con unas vaquillas. La estructura del castillo es más bien simple, de hecho no es más que una gran muralla circular formada por grandes piedras moradas pero da la sensación de un señor castillo; hay piedras y piedras. En dos puntos opuestos de la estructura hay unos enormes marcos donde alguna vez hubo grandes puertas pero ahora solo quedan los huecos que en su día ocuparon. El ambiente es festivo y todos se lo están pasando muy bien; por algún motivo nadie sopesa la posibilidad de que no todos los niños consigan siempre escapar de las vaquillas. Aparte de este ligero detalle el cielo está cubierto de globos de distintos colores. Los niños corren por todas partes, tanto dentro del castillo como fuera de él. A algunos les acompañana sus padres pero también hay padres sin niños.
Mi compañero ya no es Mik. En algún momento se ha transformado en Brad Pitt. Pero lo tomo como algo habitual. Mientras nos alejamos me informa de que el castillo de antes era “un castillo de aceite” y me empieza a contar cosas sobre la zona. Al llegar a una nueva pendiente vemos un amplio y profundo valle que se extiende a derecha e izquierda. Yo me quedo asombrado por la morfología tan peculiar de esta zona y Brad me explicae que es motivo de asombro ya que son valles muy productivos. No digo nada y él sigue explicando su razón para ser asombrosos: generan suficiente comida para alimentar a los 3 millones de habitantes de la zona y, además, en un valle vecino generan suficiente comida para alimentar a 5 millones de personas. La gente que vemos por el valle parecen típicos agricultores tranquilos con su sombrero de paja, su camisa blanca y sus pantalones 4 tallas más cortas debido al uso.
Dejamos atrás los campos de arroz y llegamos a un cruce de nuestro camino con una vía de tren. A la derecha a lo lejos se ven chalets amontonados rodeados por el mar; enfrente y a la izquierda mar y más mar. La vía de tren parece meterse entre los chalets un poco más adelante. Utilizarla se plantea como la única posibilidad llegar a tiempo a nuestro destino.
Mi compañero me pregunta, en realidad sin esperanza, si he traído dinero para comprar un billete de tren. Confirmo su presentimiento mientras observo la zona en que nos hallamos. Sobre la vía pasan a gran velocidad vagones muy lagueados. Los vagones son tan pequeños que no podría agarrarme a ninguno. Pensando cómo podría montarme en alguno aparece una gran cuchara de cereales entre mis manos y empiezo a apuntar, teniendo en cuenta el lag, para tratar de anclarla en uno de los vagones. Tras varios intentos lo consigo y salgo disparado agarrado a una cuchara de cereales anclada en un vagón en miniatura. Brad Pitt se pone a correr a mi lado a toda velocidad para no quedarse atrás. Le tiendo una mano para ayudarle a subir y finalmente consigue agarrarse a nuestro estrambótico vehículo.
Por desgracia el telón se cerró antes de entrar en los chalets y nunca pudimos averiguar si el colegio seguía en su sitio.